Cahuide
no les dio la satisfacción a los invasores españoles de que lo matarán sus
sucias manos y armas. Era tal su arrogancia. Los japoneses de alta alcurnia,
los samuráis se mataban por honor, ante la fuerza del enemigo al que
repugnaban.
Aún falta
determinar cuál fue la causa de la autoeliminación de Alan; los efectos no
hablan de las patadas a la luna de sus enemigos políticos: jamás lo verán
engrilletado, preso, ni pagando lo que debería pagar.
Cuánta pobreza de
espíritu para encaramarse a escenarios de dolor, ira, sólo para hacer saber de
qué existen.
Otro ensayo sobre
el suicidio se justifica en Perú, para no dejar el tema en manos de mediocres
de espíritu, mente.
Ω
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