Aun me perturba una
observación, hecha inclusive de niño, al mirar las manos de las mujeres: ¿Por
qué sus uñas son poderosas, más fuertes parecen que la de los machos?
No son para pelearse con
los felinos, ni siquiera con un gato, porque nada espanta más a una mujer, eso
parece, que le dañen la cara, especialmente con rasguños. La naturaleza las ha
responsabilizado principalmente a ellas para la sobrevivencia, no sólo de la
especie, sino de algo mayor: la sobrevivencia de la vida, y en la especie
humana, la vida en su forma superior.
Por ello, una forma de hacer eso, es ser
atractiva a los machos, empezando por los rostro que algunas tienen la suerte
de tenerlas estéticas; aunque los mañosos franceses dicen que no hay mujer fea
sino desaliñada; luego debe cuidar, aunque no lo sepan, que sus rostros sean
atractivos para sus machos, que finalmente para todas hay uno o unos. Es decir
hay una actuación más instintiva que consciente.
Saben que en un combate directo con un macho
terminarán perdiendo; porque al hombre natura lo dotó de gran fuerza muscular,
que no tienen las hembras, y de velocidad; de no haber sido así, y sin
instintos, placeres de reproducción, no
se hubiera perpetuado la especie humana, y seguramente ninguna otra; la
relación íntima sin el consabido placer, no tendría sentido y las especies
desaparecerían. En las hembras el instinto es feroz, hasta dominante en tantas;
fuerza incontrolable, más allá de tanta educación; de allí tantas desgracias,
sufrimientos, incluyendo a algunos sacerdotes de algunas iglesias.
La fortaleza de las hembras está en la
paciencia, constancia, que nace de su fabulosa resistencia; su musculatura está
diseñada para eso. Los campesinos y campesinas, cuando laboran las tierras,
empiezan las faenas temprano a la misma hora; los varones con frecuencia se
detienen a descansar y las mujeres los azuzan; las mujeres pueden seguir
trabajando hasta más allá de la caída del sol, para continuar en la casa con
las labores del hogar; mientras el hombre se escabulle. En esta diferencia,
astutamente manipulada por los ociosos, está la explotación de mujeres por
hombres; llamada machismo.
La inmensa mayoría de
humanos, como todos los demás seres vivientes, no están conscientes, ni por
pensamiento personal, ni cultural, de las razones de sus conductas, sólo
existen. Y para ello hay que luchar; luchar para obtener el alimento en primer
lugar, el espacio para pasar las noches; luchar para proteger la descendencia,
objetivo final de las vidas.
Y bien observado, en la lucha por sobrevivir,
sólo suele haber alimentos para pocos en medio de muchos; luego, hay que luchar
también contra los congéneres; y así nace la lucha entre las hembras como
instinto de sobrevivencia en los tiempos malos; y como arma principal, entre
ellas, se usan las uñas. También picos, como cuando dos gallinas con pollos se encuentran
en el corral y la pelea es feroz; inconsciente y ciega, porque suelen pelear
sobre los pollos que pretenden defender.
Más allí no termina la
tremenda responsabilidad de la hembras en mantener la vida; su contraparte, el
macho, suele ser la peor bestia con la que tiene que combatir tantas veces;
usando su fuerza, tantos hombres que no son
racionales en sus relaciones sociales; machistas les llaman; no son
justos, cuando en la sociedad, tantos hembras como machos, deben ser
considerados con derechos sociales iguales: a igual función, producción, debe
haber igual remuneración.
No necesitamos pensar
igual, sentir igual, para que en sociedad, existamos racionalmente; porque no
se reconoce aún, que tantos hembras como machos, la naturaleza los hizo
complementarios para existir; los machos con sus fortalezas y rapidez físicas,
tremenda lógica mental; con sus capacidades para las construcciones; y la hembras con sus gran paciencia para criar, resistencia para las
actividades de muchos tiempo y rutinarias; más instinto que lógica que para
algunos hombres puede ser insoportable, considerándolas inclusive inferiores;
como en la gran cultura griega antigua; pero con una enorme capacidad de
conservación.
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