Desde pequeños nos enseñaron, por religión, de que los
animales no tenían alma, y que por ello tampoco sentimientos, como los tienen
los humanos. La alegría, el sufrimiento; la ira, la paz, son propiedades del
espíritu humano, nunca de los animales; eso fue lo que nos enseñaron.
Pero la Ciencia nos enseñó a observar el mundo físico que
nos rodea; aprendimos a interpretar lo experimentado; y pudimos ver que en los
animales había también alegría cuando juegan; cólera cuando pelean; miedo del
gato cuando es acorralado por un perro. O frenesí, en quizás la mascota
preferida, cuando el amo regresa del trabajo, el niño de la escuela; pero
también los sentimientos extremos, como el del perro del pordiosero que pasaba
las noches arrimado a la tumba de tierra del que fue su amo.
Sabemos de monas, que al morir su pequeño, no se deshacen de
él; lo llevan hasta un rincón y allí se queda por días; sólo en sus maneras de
obrar de la naturaleza, ya por descomposición del cuerpo del animalillo lo hace
abandonar; pero no se necesita de facciones humanas para observar su pena.
Hace poco observaron en el mar a una madre orca que había
perdido a su pequeño, que empezaba a hundirse en la profundidad del mar, pero
ella lo sacaba a flote; una y otra vez. No describen, ni quiero saber, del
momento en que renunció a ello, y lo vio por última vez desaparecer en las
profundidades.
No se necesita ser filósofo para preguntarse: si el humano
no es considerado con los de su propia especie, ¿por qué tendría que serlo con
los animales, salvajes o no? ¿Por eso nos decían que los animales no tienen
espíritu?

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