No se necesita analizar mucho, en cualquier lugar de la
Tierra, para concluir, que el enorme
daño ocasionado al medio ambiente, por este material y sus productos, tan
útiles en la vida actual, deben desaparecer del uso y medio ambiente.
No sólo ya ha causado daño, sino que sigue haciéndolo incontroladamente;
no sólo como daño para la salud, para la vida, sino también en lo estético. Que
repugnancia se siente ver estos materiales, ya desechados, en las orillas de mares,
ríos o lagunas; o cubriendo espacios fueras de las ciudades que se van acercado
a ellos por crecimientos demográficos; con los enormes daños a las vidas
humanas, generalmente de los más pobres.
Hay demasiados intereses económicos, para que su control por
ya no usarlos, pese a su gran utilidad, sea fácil. No depende del consumidor,
que siempre es conducido en el consumo de objetos o prácticas, a través de las
intensas publicidades en los medios, o peor, por propaganda que cala en el subconsciente.
Su control, depende de leyes creadas para ello y sus aplicaciones severas,
desde los Estados.
Basta ordenar y hacer cumplir, el destierro total de su
fabricación, para que sea eliminado del uso social. El usuario cumple leyes, no
las crea ni aplica; el consumidor, no fabrica, usa.
La no fabricación definitiva o regulada, ante la necesidad
de usar los productos como bolsas, envases, hará retornar, por ahora, a
materiales históricos, como el vidrio y el papel u otros materiales
degradables. Nuevas empresas, o por conversión, reemplazarán al plástico y, tal
vez, el problema quede resuelto.
La solución al grave problema, es de política universal.


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