En una
playa solitaria, cuando el sol más quemaba, había cientos de agujeros de
cangrejos. De pronto de uno de aquellos, asomó medio cuerpo, anaranjado y brillante,
grandes pinzas, un robusto cangrejo.
Lo extraño
era que en esos momentos, no había ningún otro de ellos en toda la extensión de
la playa aquella. Mucho más allá, llegaban las olas a las orillas y volvían a
aquel mar fresco, azul; todo en una serenidad grata para el espíritu.
Aquel
cangrejo debería estar con hambre seguramente, porque poco a poco, buscando por
acá y allá, se alejaba de su agujero; no había nada que comer y se acercaba al
agua.
De pronto,
algo lo hizo ponerse tenso y luego empezó a correr velozmente hacia su casa.
Del cielo, como un avión al ataque, una enorme gaviota, seguramente también con
hambre, se acerca al asustado cangrejo. Se lanza sobre él, este cambia de
dirección, la gaviota se va de frente
con un grito; gira en el aire y con un fuerte grito vuelve sobre el aterrado
cangrejo.
El
brillante crustáceo—es un misterio saber cómo reconocen el lugar de sus
madrigueras; mientras las olas siguen llegando lentamente a aquellas orillas
solitarias—, el pobre animal, corre ya desesperadamente y cada vez más
lentamente en la arena suelta.
La gaviota
en un nuevo esfuerzo, ya vuela como un rayo y se lanza sobre aquel animalillo
que alcanza a llegar y entrar en su agujero, justo cuando la gaviota se
estrella en la entrada, haciendo caer arena sobre el espantado crustáceo.
Desde el
interior de su agujero, el cangrejo alcanza a ver los ojos rojos de la gaviota
que miran hacia dentro. Dominando su miedo, el cangrejo se acomoda, se va
acercando a la entrada; con sus potentes patas, lanza furiosamente arena hacia
afuera, consiguiendo llenar de arena a aquellos ojos. Con un grito, la gaviota
se aleja volando. Mientras en el agujero el cangrejo sigue temblando.
Las olas
siguen llegando incansables a las playas, mientras el sol del mediodía sigue
calentando y calentado aquella reseca arena.
Ω

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