Un mundo, que para
quien lo conozca, pensará, dirá, que no debe morir. La vida en las grandes
ciudades ha degenerado, es peor que en las selvas. El tiempo en la naturaleza
se ralentiza, en las ciudades se acelera a la velocidad de la delincuencia y el
correr para llegar a tiempo al trabajo que está a tres horas de donde se vive.
¿Debe de ser
inevitablemente así? Las gentes en las grandes ciudades viven con los nervios
enfermos, con temor, con rabia; pero mientras eso no cambie, bien se puede
volver a los pequeños pueblos de donde procedemos la mayoría de gentes maduras
o mayores; volver para curarnos del espíritu que afecta a todo el ser;
enfermedad mundial.
Tener objetivos
sociales, aunque sea a muy largo plazo, o sólo por desfogar espiritualmente;
por ejemplo, que en cada pueblito debería haber una hostal y carretera donde
poder ir a pasar fines de semana largos; para no terminar tirando piedras por
las calle de las ciudades.
Para ello y otras
cosas que alegren la vida, los gobiernos distritales, en cada uno del Perú, esos
gobiernos responsables de sus comunidades campesinas o citadinas, deben cumplir
con sus funciones para los que fueron creados; optimizarse; agregarle funciones
para que sean auténticos gobiernos descentralizados en lo operativo; no
autonomías para robar o mal emplear los dineros del fisco en inflar planillas
de funciones estériles, y todas las taras de los actuales gobiernos distritales
que no quieren supervisiones, contralorías, donde no llegan a las funciones
personas idóneas.
Sólo las personas que
han caminado por esos lugares, saben del placer, del sentimiento de paz que da
el ver el lento caminar de los animales de granja; no tiene que mirar semáforos
para cruzar calles con gentes que te empujan; tu mirada puede descansar mirando
las lejanías; y si suspiras, es con aires muy puros.
Volvamos al campo, a las
playas, aunque sea por unos días; volvamos a la vida; lleva a tu familia o ve
solo.
Ω
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