El petróleo, sus
derivados, diésel, gasolinas, hasta gas licuado, te lo venden en grifos
bastantes limpios, seguros; pero lo obtienen en las selvas del petróleo del
subsuelo que, explotado sin respeto al medio, a los habitantes, destruye el
medio de vida de gente sencillas que hace años, desde siempre, son dueños históricos
de esos espacios que albergaban riquezas por sus culturas, desconocidas.
Que no ocurra
nuevamente en Perú; hay que darles derecho de propiedad; máximo valor en el
sistema capitalista, donde esta ideología exige el respeto al individuo y el
derecho a la propiedad; sólo que, en las adendas, a letra chica, dice que eso
no es para todos los ciudadanos; menos para los “semisalvajes” que viven en
selvas o montañas.
Esos temas deben
discutirse en el Parlamento, más que por lo vitalicio, enfermedad burocrática, de
sus jugosos sueldos, por la repetición, de periodo tras periodo de congresistas.
La lucha entre el
explotador de recursos naturales, que tienen propietarios, como el Estado y
comunidades, es aprovechada por políticos dogmáticos, fanáticos
internacionalistas, que obedecen órdenes de lejanos amos y son los
catalizadores de dolor y muerte cuando los pueblos exigen sus derechos que los
tienen, azuzados por estas fuerzas perversas, y reprimidos por las leyes, antes
que aplicarles justicia. Los pueblos de cultura sencilla, pierden sus propiedades,
su paz, sus vidas en reclamos generalmente estériles, ante los abusos
consumados de los con poder económico, político, social.
Madres, hermanas,
hijas, de nativos ecuatorianos caídos en los reclamos, hoy lloran. ¿Perderán
también sus lágrimas y alegrías después de perder a sus seres queridos porque
el Estado no gobierna para todos equitativamente?
Se nos drogó,
amaestró, se pone un chip en lo niños recién nacidos, para que crean realmente
que vivimos en la civilización occidental y cristiana donde hay justicia y
respeto a cada individuo del género humano.
Ω

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