Ya el diablo, el
señor Mefistófeles, se burlaba de los humanos por su codicia hacia el oro, o
riqueza; en las creencias judías, cristianas, porque eran capaces de cualquier
cosa por acumular el luminoso metal; y que por ello finalmente, él se quedaba
con sus estúpidas almas para su placer eterno de verlos torturados.
Qué sentían los
poderosos faraones en sus últimos segundos de agonía; qué los millonarios,
billonarios de hoy, cuando estiran finalmente, inevitablemente las dos patas,
sabiendo que no se podrían llevar al otro mundo, si es que lo hay, todo el oro
robado astutamente, violentamente a otros países.
¿Es realmente
imposible que pueda existir un mundo mejor que el que nos ha tocado existir?
Ω
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