Cuando vamos al mercado por los frutos del mar, pescados,
mariscos…tenemos la comodidad de adquirirlos; nunca pensamos cómo llegaron a
las mesas de los comerciantes.
¿Han pescado alguna vez en el mar? ¿Desde la orilla o entrando
en bote, como lo hacen los pescadores de caletas, puertos, desde playas
solitarias? Hay que madrugar, ya en las nieblas frías; en el verano; hay que
anochecerse; tener paciencia para capturar a veces poco y llegar con ellos al
hogar, única fuente de ingresos para tantos.
Recuerdo la historia que el niño apenas vuelto hombre,
empezó a salir a la mar para hacer el trabajo de padre ya fallecido. La primera
vez la madre envejecida no quería que lo hiciera; pero el sustento provenía del
mar, de la aguas aquellas azules, movedizas; tantas veces violentas o serenas.
La primera angustia de la madre desapareció cuando ya
tarde mientras el sol desparecía y ella esperando en la puerta vio que su
pequeño hecho adulto, traía la canasta llena de peces.
Orgullosa la anciana contaba a los habitantes de la
caleta lo hecho por su hijo. Así vivieron muchos meses; de aquella nuevas
fuerzas y destrezas enseñadas por el padre.
Más una tarde, una noche, el muchacho no volvió. Con una
lámpara la anciana recorría las playas gritando hacia el mar, llamando al niño
para ella aún.
Pasaron unos días en que la madre ya sin lágrimas
recorría desde la salida de sol hasta la noche aquellas playas donde llevaba a
jugar al niño. Unos pescadores, con nudos en la garganta, le dijeron que habían
encontrado el bote del muchacho destrozado entre la rocas donde otros no se
atrevían a acercarse, aun sabiendo que allí estaba la mejor pesca. El muchacho
no estaba.
La pobre mujer no descansaba de recorrer esas playas, llamando
al hijo, reprochándoles que no volviera, por qué la había dejado sola.
Una madrugada muy temprano, dos pescadores que iban por
la playa vieron un pequeño bulto de ropas que movían las brisas. Era la anciana
que parecía que dormía. Estaba muerta.
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