Cuando vemos impresa la escena, de que varios depredadores
han acorralado a una víctima, la eminencia de su muerte atroz, nos sobrecoge;
nuestro espíritu, o quizás el de la mayoría de humanos se espanta; podríamos
ser nosotros las víctimas… o los victimarios que matan para vivir.
Los humanos observadores nos preguntamos si el mundo no pudo
ser de otra manera, sin depredadores por ejemplo. Filosofamos: ¿Fue construido el
mundo que conocemos, en el cual vivimos también como depredadores y depredados,
fue producido en inteligencia, en sentimientos de consideración; o fue diseñado
y construido por la metodología del azar? Ningún dios, para ser considerado
inteligente, bondadoso, realmente se atribuiría la creación de este universo
con los humanos en la Tierra.
Desde el nacimiento,
la madre, el nuevo ser, viven con la angustia de la sobrevivencia. En todas las
especies, con sus razas, diferentes en características nada más, la diaria
existencia es para no morir.
Qué sentido tiene el nacimiento de un león o de un tiburón;
de una foca o de una cebra; para qué el humano en el universo. Tal vez podamos
explicar el cómo se formaron los seres vivientes, los humanos entre ellos, pero
no satisfacen las explicaciones religiosas; donde catalogando las acciones, más
son estas de maldad que de tranquilidad; en un existir sin rumbo.
Quizás por ello, es que el humano, sin ser muy diferente a
las demás especies en el fenómeno de vivir, debería ser una especie, con todas las
subrrazas y culturas, seres que decidan por una existencia de paz, convivencia,
solidaridad; hasta el fin de todo.


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