martes, 19 de febrero de 2019

¿QUÉ SON LAS MUJERES, ADEMÁS DE SER LAS HEMBRAS EN LA ESPECIE HUMANA?








Aun me perturba una observación, hecha inclusive de niño, al mirar las manos de las mujeres: ¿Por qué sus uñas son poderosas, más fuertes parecen que la de los machos?

No son para pelearse con los felinos, ni siquiera con un gato, porque nada espanta más a una mujer, eso parece, que le dañen la cara, especialmente con rasguños. La naturaleza las ha responsabilizado principalmente a ellas para la sobrevivencia, no sólo de la especie, sino de algo mayor: la sobrevivencia de la vida, y en la especie humana, la vida en su forma superior.

 Por ello, una forma de hacer eso, es ser atractiva a los machos, empezando por los rostro que algunas tienen la suerte de tenerlas estéticas; aunque los mañosos franceses dicen que no hay mujer fea sino desaliñada; luego debe cuidar, aunque no lo sepan, que sus rostros sean atractivos para sus machos, que finalmente para todas hay uno o unos. Es decir hay una actuación más instintiva que consciente.

 Saben que en un combate directo con un macho terminarán perdiendo; porque al hombre natura lo dotó de gran fuerza muscular, que no tienen las hembras, y de velocidad; de no haber sido así, y sin instintos, placeres  de reproducción, no se hubiera perpetuado la especie humana, y seguramente ninguna otra; la relación íntima sin el consabido placer, no tendría sentido y las especies desaparecerían. En las hembras el instinto es feroz, hasta dominante en tantas; fuerza incontrolable, más allá de tanta educación; de allí tantas desgracias, sufrimientos, incluyendo a algunos sacerdotes de algunas iglesias.

 La fortaleza de las hembras está en la paciencia, constancia, que nace de su fabulosa resistencia; su musculatura está diseñada para eso. Los campesinos y campesinas, cuando laboran las tierras, empiezan las faenas temprano a la misma hora; los varones con frecuencia se detienen a descansar y las mujeres los azuzan; las mujeres pueden seguir trabajando hasta más allá de la caída del sol, para continuar en la casa con las labores del hogar; mientras el hombre se escabulle. En esta diferencia, astutamente manipulada por los ociosos, está la explotación de mujeres por hombres; llamada machismo.

La inmensa mayoría de humanos, como todos los demás seres vivientes, no están conscientes, ni por pensamiento personal, ni cultural, de las razones de sus conductas, sólo existen. Y para ello hay que luchar; luchar para obtener el alimento en primer lugar, el espacio para pasar las noches; luchar para proteger la descendencia, objetivo final de las vidas.

 Y bien observado, en la lucha por sobrevivir, sólo suele haber alimentos para pocos en medio de muchos; luego, hay que luchar también contra los congéneres; y así nace la lucha entre las hembras como instinto de sobrevivencia en los tiempos malos; y como arma principal, entre ellas, se usan las uñas. También picos, como cuando dos gallinas con pollos se encuentran en el corral y la pelea es feroz; inconsciente y ciega, porque suelen pelear sobre los pollos que pretenden defender.

Más allí no termina la tremenda responsabilidad de la hembras en mantener la vida; su contraparte, el macho, suele ser la peor bestia con la que tiene que combatir tantas veces; usando su fuerza, tantos hombres que no son  racionales en sus relaciones sociales; machistas les llaman; no son justos, cuando en la sociedad, tantos hembras como machos, deben ser considerados con derechos sociales iguales: a igual función, producción, debe haber igual remuneración.

No necesitamos pensar igual, sentir igual, para que en sociedad, existamos racionalmente; porque no se reconoce aún, que tantos hembras como machos, la naturaleza los hizo complementarios para existir; los machos con sus fortalezas y rapidez físicas, tremenda lógica mental; con sus capacidades para las construcciones;  y la hembras con sus gran  paciencia para criar, resistencia para las actividades de muchos tiempo y rutinarias; más instinto que lógica que para algunos hombres puede ser insoportable, considerándolas inclusive inferiores; como en la gran cultura griega antigua; pero con una enorme capacidad de conservación.




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