Serían las cinco
de la tarde; en aquel enorme parque pronto obscurecería. Los árboles estaban
casi desnudos de hojas, que alfombraban de amarillo y beige los pasadizos. En aquél
lugar prácticamente vacío, en una banca del centro, había una persona toda de
negro, inmóvil; por los alrededores de aquel espacio de descanso, fluían
vehículos, algunos ya con los faros encendidos.
Viendo más de
cerca a aquella persona, podía reconocérsele como una muchacha muy joven, encogida,
las manos en el negro abrigo, los pies juntos, con ambas piernas inclinadas a
un lado; era no sólo joven, casi una niña, sino que había intensa tristeza en
aquella carita sin color.
Parecía un
cuerpo sin espíritu, por lo inmóvil, por lo pálido. No se dio cuenta que allá,
fuera del parque, se detenía lentamente un auto azul obscuro. De él bajó el
chofer o conductor, un hombre medio alto, fuerte, que miraba en dirección a la muchacha.
Esperó en la vereda, mientras del asiento de atrás bajaron dos personas más. El
primero empezó a caminar lentamente mirando hacia la chica y los otros dos lo
seguían a poca distancia.
Ya cerca de ella,
el alto y fuerte, se detuvo, sin que la muchacha, aparentemente, no se percatara
de nada. Miró por unos segundos a la muchacha, se volteó he hizo una señal a
las otras dos de que se quedaran allí. Luego también calmadamente se acercó a
la chica; ella debe haber sentido los pasos porque miró hacia el hombre, pero
no se movió.
—Vuelve a casa hermanita—, dijo el hombre con voz casi
temblorosa.
Simultáneamente, las otras dos personas se acercaron y
repitieron lo mismo como súplica. Estas personas eran un hombre de edad, cabellos
grisáceos y la otra era un chiquillo, hasta menor que la muchacha.
—Vuelve a casa hija—dijo el viejo, con voz que se le
quebraba.
La muchacha se
levantó, apoyó su rostro ahora con lágrimas en el pecho del anciano.
—No quiero regresar a esa casa Papá; ya no quiero; no
podré vivir sin ella—, dijo la muchacha conteniendo el llorar.
Entonces el
hermano mayor intervino y le dijo:
—Ven entonces a mi casa hermana; sabes que mi esposa y
tus sobrinos te queremos; no debes quedarte más horas acá—. En todos había
dolor en el hablar; hasta las hojas muertas bajos sus pies parecían entender
algo de aquel dolor en todos y estaban quietas, a pesar de la brisa de la noche
que aumentaba.
La chica seguía
apoyada en aquel anciano que hizo una seña para que se fueran los hermanos. El
viejo esperó a que subieran al auto y se alejaran. Luego con mucha ternura
llevó a la chica a la banca y se sentaron.
Podía verse
ahora, en medio de aquel parque que obscurecía, a dos personas, de negro,
encogidas, apoyadas una en la otra.
—Vamos a casa mi princesa, que estará más vacía sin ti—
dijo el padre.
La muchacha
pareció sentir algo esas palabras. Qué pequeña se le veía; se levantó y ayudó
al anciano a levantarse.
Ya había
obscurecido, pocas luces en aquel parque.
Se les vio alejarse muy lentamente por
aquellos pasadizos llenos de hojas, muertas en otoño; hasta que se perdieron en
las sombras.
Ω
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