La historia de un pueblo, de la humanidad, se
desarrolla como una espiral; tiene un comienzo, cumple ciclos en el tiempo, en
los mismos espacios; lo que estuvo ayer, hoy no está; pero los corazones
siempre laten por las mismas emociones, sentimientos, pasiones.
Tuvo un comienzo, un centro y como espiral se va alejando de ese centro que se suele
olvidar; repite hechos pero en otros niveles; en el matar, sólo se cambia de
arma, el espíritu es el mismo.
El movimiento en espiral no es cosa de la voluntad
humana, ni de imaginarios dioses, es la historia del universo; lo observable es
que al pasar de un ciclo a otro, siempre es con acciones violentas; se va
abandonando las leyes; que reclaman nuevas.
En Perú se vive una quiebra, en la ética y moral
social, si alguna vez la hubo; se salen de los protocolos, leyes, no hay
reconocimientos entre la libertad de acción y el libertinaje, que es el que
conduce a los caos, a lo cambios.
Los peruanos no podremos seguir esos caminos de escándalo
social; se van dando naturalmente las renovaciones; la última palabra la tiene
la vida misma que entierra a los personajes tarde o temprano; siempre en atmósferas
de sufrimientos para las mayoría; pero los nuevos nacimientos siempre han sido
y son en marcos de gritos y hasta sangre.
Sólo intuimos el cambio inevitable, más al fondo
queda poco; el hormiguero está destruido; hay que repararlo; con nuevas ideas
en las neuronas viejas y con más energía y valores en las nuevas; valores de
libertad, algo de propiedad, con recusamientos de las tiranías, libertinajes. Donde
claramente los comunismos no son ideologías de civilización para todos, ni el
neoliberalismo como sus incapacidades para racionalizar la riqueza nunca bien
distribuida.
Son tiempos de ideas diferentes, para ideologías
humanas, sintetizadas en solidaridad: “Haz a otros lo que quisieras que hagan
contigo, como seres normales”.
Ω
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