No a pocos llama la atención de que en equipos de fútbol,
supuestos de países blancos, jueguen futbolistas negros, de África
especialmente.
En el partido de Perú-Francia, se esperaba ver blancos en el
equipo francés, pero nos confundimos cuando veíamos a los “franceses” y
pensábamos que algún error presentaba a jugadores de Camerún, Nigeria, El Congo,
contra los peruanos. Luego continuaríamos viendo en todos los equipos de
blancos a jugadores negros, excelentes en sus juegos por supuesto.
No pocos observadores se preguntaban si esto era normal,
pese a las explicaciones de que eran racialmente negros pero nacionalmente
franceses o blancos en general. Aun da vueltas en los razonamientos este hecho.
Tal vez eso de equipos de blancos en Europa, negros en el África, cobrizos en
algunos países de Latinoamérica o amarillos por acá o allá, irá quedando como no
novedoso.
A esta conclusión se puede llegar, pero siempre con dudas de
si la competencia debe ser entre razas o qué es finalmente un país. Hay
jugadores negros que se quejan por la discriminación en el país que defienden
deportivamente. Que el mismo equipo viaja en el mismo avión pero en cabinas de
primera, segunda…
Pero en medio de este marco, algo es positivo: la globalización
del fútbol reúne en unos mismos espacios a todas las razas, culturas, civilizaciones
humanas; y no es fácil, cuando toca llorar, distinguir si las lágrimas, son de
negros, blancos, amarillo o cobrizos; O de la multiplicidad creciente de
mestizos; presente y futuras razas inevitables.
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