La
arquitectura es una de las bellas artes; no es bello sonido; no es pintura de
tamaños pequeños; escultura; ni narrativas en verso o prosa; o danzas folclóricas
o sofisticadas; no es impresionismos, es impresionante, por sus enormes
volúmenes.
El arquitecto, crea en esas enormes masas no
sólo belleza, que no es su objetivo, porque lo es la utilidad, funcionabilidad;
pero conjuga ambos.
El fútbol
profesional, es un fenómeno humano, social, universal, y económico poderoso.
Está organizado para que sus consumidores o espectadores, mediante un pago,
puedan recrearse en él. Se ha formado un máximo organismo que lo administra a
nivel mundial, la FIFA; que entre sus funciones está la organización de
campeonatos internacionales cada cuatro años; realizado en países sorteados.
El país
sede, está comprometido a contribuir con los espacios para el juego; los
estadios; con rigurosas condiciones o características de funcionabilidad, pero
no en lo estético, que queda casi a responsabilidad de la arquitectura y sus
artistas.
Los países
participantes, más exacto, los aficionados de cada país, viven paraísos,
infiernos y purgatorios, como en el caso de los peruanos. Pero estos estados futbolísticos
no son permanentes como en la religión; se renuevan por ser cíclicos; luego
tarde o temprano las lágrimas se convierten en risas y al revés; y el estado de
purgatorio, es el del temor de retroceder o la esperanza, más confiada a los
sentimientos que a la razón, avanzar.
Los estadios
deben estar descentralizados en el país anfitrión; deben tener básicamente
capacidades y seguridades para todo ser que esté temporalmente en ellos. Y allí
nace la razón de este microartículo: “La temporalidad de estos monstruos de la construcción
material”.
Allí está la
historia de estos seres de concreto, hierro y cemento; sudor mental y corporal
de cientos de obreros haciendo sus funciones de convertir los dibujos en un
plano en realidades. No se puede dejar de recordar otras construcciones
fabulosas de cada cultura en el pasado; castillos, palacios, hoy enterrados o
cubiertos de nuevo por la naturaleza; fueron y ya no son más que recuerdos.
Disculpen
amigos, amigas, por la extensión de una noticia; la mayoría de estos templos al
fútbol, porque no se volverán a usar en décadas, si es que sobreviven, quedarán
abandonados; pero con la conciencia de que fueron materializados con los
aportes de millones de humanos que rugen de placer o callan en sus lágrimas al
ver a sus muchachos perder luchando hasta el agarrotamiento.
Me pregunto,
como aficionado al fútbol, qué se sentirá, estar en medio de estos templos, hoy
silenciosos, ya en tantos lugares del mundo; quizás, en un esfuerzo de memoria o
imaginación, se sienta el ruido fantasmal de miles de gargantas gritando la
razón de este deporte: el gol triunfador o la angustia callada de la derrota.


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