Nada es más
sorprendente en este pequeño insecto, no su capacidad de crear un producto
valioso para el humano históricamente, sino su sorprendente organización
social. A nadie lo gritan en su colmena para que vaya a trabajar o le falta
trabajo; o alguien se queda con la mejor miel, ni la más abundante, como en el
neocapitalismo; ni se rigen por un dictador, como en el comunismo; todas cumplen
funciones específicas; y cuando están para morir, lo hacen entre flores y hojas
trabajando por última vez.
Hay una
interpretación romántica del universo de estos insectos, que hasta están
provistos de un arma para la defensa; se habla de una “reina”, de zánganos como
consortes y las masas trabajadoras, militares y toda una sorprendente
estructura social; en animales que ni siquiera son mamíferos, considerados más
evolucionados.
Sin embargo, el
gobierno tangible no existe; todos los elementos se rigen por una mano
invisible; y así, como en el caso de los zánganos o machos para la
fertilización únicamente, y después se las pasan devorando miel, cuando estos
son demasiados, a una voz desconocida, los eliminan y sólo dejan a unos cuantos
para la reproducción.
Nadie llora por
ellos cuando arrojan lejos de la colmena sus cadáveres; pero en la vida social
humana, el auténtico delito es más considerado que la propiedad o la vida de
las víctimas, sin sanciones justas; porque aplican leyes arbitrarias para
proteger más el mal social que aplicar justicia.
De todo lo que se
puede aprender de estos animalillos que enriquecen un jardín, junto con otros
insectos, está el hecho que de repente aparecen frente a nuestros ojos, narices,
y se introducen con parsimonia dentro de las flores, caminan lentamente por la
hojas; como si les placiera el recojo de néctar y polen; así están, e
increíblemente el observarlas nos da serenidad al espíritu; hasta llenar buche,
o las bolsas en sus patas traseras; luego, podemos observarlas, así cargadas,
como comienzan a hacer vibrar cada vez más rápido aquellas casi invisibles y
pequeñas alitas; el zumbido es potente y la atención en ellas muy concentrada;
cuando el zumbido ha llegado a un límite, simplemente desaparecen de nuestros
ojos y de nuestra vida. No sabemos dónde está su colmena, a qué velocidad se desplazan
con su carga; no sabemos sin son jóvenes, viejas; ya no están más para
nosotros.
Finalmente, en
este muy pequeño artículo, sobre estos insectos condenados a la extinción por
la mano codiciosa de esa especie animal depredadora, llamada especie humana,
una vez, mientras curioseaba las flores, en un cáliz, había dos cuerpos inertes
de dos insectos del mismo tamaño: una abeja había introducido su aguijón en el
cuerpo de una araña y esta con las tenazas en su boca, había estrangulado a la
abeja; ambas, en un pétalo, estaban muertas.
La impresión me
duró varios días, después que en mi mano, no muy segura, comprobara aquello;
porque este hecho de la lucha por la vida, es común observarlo en los humanos
que se comportan como aquellas abejas y arañas, pero con sus semejantes.
Ω

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