Tal vez por alguna razón práctica, se nos educó
diciéndonos desde niños que los animales no tenían sentimientos, emociones; que
no eran como los humanos porque no tenían alma. Quizás se pensaba que así no
tendríamos remordimientos por los tratos hacia ello; y sobre todo porque los devorábamos
como alimento necesario.
Pero no era fácil convencer a un niño cuando
preguntábamos porque aquel perro ladraba con tanta cólera; o cuando un asno parecía
que se quejaba con su auuu, auuu.
También por interés en las doctrinas religiosas,
de separar la máxima creación de un Dios respecto a los demás seres,
considerados inferiores a un humano. ¿Almas los perros, los gatos, los caballos,
las gallinas?
Liberados ya de las creencias, se empezaba a creer
más en lo que los sentidos hacían llegar al cerebro que los que se leía en un
libro; es decir, el pensamiento se tornaba más científico que idealista.
¿Las mismas fuerza que impulsan a los humanos a
existir, gobiernan a los demás seres, quizás especialmente a los mamíferos,
clase a la cual pertenecen los humanos y tantos otros seres, como vacunos,
felinos, simios, acémilas? ¡Cuántas observaciones de sentimientos de tristeza
observados en monos cuando han perdido sus crías, y no quieren abandonar el cadáver
hasta que empieza a descomponerse! ¡Cómo queda la primeriza perra a cuyos
perritos se les ha arrebatado y regalado; escondiéndose en un rincón de la
casa, no comiendo y reducida a un montoncillo de pelos! ¡Cuántos sentimientos
con visible expresión que sólo se pensaban exclusivos de los humanos porque la educación
religiosa y otras así lo imponían!
Finalmente, qué dirán los filósofos al reconocer
que igual dolor moral siente la burra al nacer su cría muerta; que cuando
aborta una hembra humana. Más no sólo de drama es la vida en los animales; hay
ternura tan manifiesta en ellos que asombran; y preocupan al reconocer que
tienen los mismos sentimientos que los humanos y que estos no consideran.
Ω
No hay comentarios:
Publicar un comentario