Parte de ese producto
debería venderlo a un departamento especializado en su municipalidad distrital; que venda al público
en los mercados municipales, a precio de demanda; para que tengan efectivo y
compre cosas, hasta medicinas; recibir ayuda técnico, social, financiera; y
para que vuelva a sembrar; para que sigan viviendo en su mundo, tan sencillo,
tan filosófico y colaborando con la sociedad peruana.
Esta familia de
campesinos, con menos de dos hectáreas de propiedad de tierras, debe ser considerada:
“Microagricultores”, con una legislación, reglamentación, normativas racionales;
donde no estén desprotegidos; con la tremenda demostración al mundo de sus
todavía capacidades de sobrevivencia, en un país donde los millones de dólares sólo
pasan por manos no siempre santas.
Aun no nace el nuevo
Perú; un Perú para la actualidad y futuro, donde cada habitante dentro de la
ley, sea considerado importante, útil; una responsabilidad solidaria.
Me esforzaré para
tener el coraje de esos ancianos y seguir luchando por sobrevivir; no importa
si seas pescador de nuestro fértil mar peruano, de la sierras como estos
viejitos, o de la selvas que desaparecen poco a poco ante el impotente charapa.
Ω
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